Quizá escribo menos de lo que me gustaría. Quizá no valoro
tanto mis palabras como las de los demás (error, lo sé, pero qué se le va a
hacer, soy más de escuchar que de opinar). Quizá soy demasiado exigente conmigo
misma y posiblemente al terminar de escribir esta misma frase ya la estoy
modificando. Pero si algo quería hacer desde hace tiempo era volver a escribir
un texto de los míos, una reflexión que incite a los demás a pensar, aunque sólo
sea un poquito.
Hoy haciendo una de las cosas que más nos gusta a todos, es
decir, ordenando mi habitación, he ido a dar con una cajita (o más bien caja,
por su tamaño) que en un principio me daba miedo abrir por todo lo que sabía
que había dentro. Supongo que no seré ni la primera ni la última que un día
decidió guardar muchos de sus recuerdos en una cajita de cartón, pero la verdad
es que me sorprende que aún permanezca ahí, intacta, a pesar de los años y de
los sentimientos, tanto buenos como malos, que ha estado conservando.
Mirando con detenimiento todas y cada una de las cosas que escondía
me han pasado miles de recuerdos por la cabeza y he llegado a la conclusión de
que el viento, sea donde sea hacia donde sople, se lleva consigo las palabras
demasiado rápido. Y demasiado lejos, donde sospecho que muchas de ellas nunca
jamás volverán a ser rescatadas.
Me he dado cuenta también de que pocos serán los que seguirán
el camino de tu vida paso por paso y muchos los que se quedarán a mitad del
trayecto. Pero no hay que verlo como algo negativo. Al contrario. Todas
las personas con las que te hayas cruzado te han aportado algo. Aunque sólo sea
el ejemplo de lo que no quieres precisamente como amigo. Aunque sólo sea una
sonrisa a medias o por compromiso. Algo es algo.
Habréis escuchado y leído un millón de veces la típica frase
‘de los errores se aprende’. Yo no creo en los errores, creo en la
experiencia. No puedo considerar error una amistad que por equis razones acabó
mal. No puedo considerar error un amor que finalmente no pudo ser más que una pequeña etapa de mi larga, pero a la vez corta, vida. Tal vez en el momento en el que
todo llega a su fin tu ira te juega malas pasadas y te hace pensar que ‘ojalá
no les hubieses conocido’. Pero pasan los años, todo se calma y una no puede
hacer más que darle las gracias a todos aquellos que pasaron por su vida para
no quedarse. Creo, sinceramente, que guardarles rencor no sirve de nada, pues
con los años me he dado cuenta de que sólo recuerdo todo lo bueno que pasamos
juntos. Y con una gran sonrisa. De lo malo para qué acordarse.
Con todo esto vengo a decir que hay que ser un poquito más
humanos. Sólo debemos arrepentirnos de las cosas que no hagamos y todo ‘error’,
como ya he dicho, es una experiencia. Debemos entender que estamos construidos
a base de vivencias y no todas ellas pueden ser buenas (no digo
desgraciadamente, porque de ser así sería todo demasiado aburrido). Que no seríamos
quienes somos si no hubiésemos pasado todo lo que hemos pasado. Y sufrido. Que incluso lo
malo tiene su parte buena y tocar fondo no es perjudicial si sabes cómo salir a
flote.
Hay que querer(se) un poco más y preocuparse un poco menos.
Sólo una cosa más. Sed felices y sonreíd siempre. Quién sabe
si con vuestra sonrisa alegráis la vida de alguien. Y seguro que mejoráis la vuestra propia.
"Las personas maduramos cuando aprendemos a dejar los recuerdos en el lugar donde merecen estar".
-.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario